Gato, árbol y humano.
En un día soleado a inicios de primavera, un gato amarillo como los rayos del sol de aquella mañana encontró un árbol grande, verde y lleno de pequeñas florecillas que ofrecía una apacible sombra para el descanso de los soñadores.
El gato trepó con gran agilidad a una de sus ramas y no tardó en quedar profundamente dormido, arrullado por el sonido de las hojas jugando con el viento y el canto de algunos pajarillos que se encontraban en otras ramas. Disfrutaba de un sueño alegre cuando sintió la presencia de alguien más debajo del árbol.
Se trataba de un chico de cabellos castaños claros, piel pálida, ojos grandes y pestañas aún más largas, que estaba a punto de recostarse bajo aquella sombra. El muchacho volteó hacia arriba y, al notar que no estaría solo, sonrió mostrando unos dientes blancos como las nubes.
El gato se tranquilizó, solo era alguien que, al igual que él, había decidido detener el tiempo por un momento en un día de calor agradable y viento suave. Pronto, el chico se quedó dormido.
El curioso gato, que no dejaba de observar al joven, buscó una rama más cómoda para continuar su descanso. Antes, se sacudió un poco, limpió sus patitas y volvió a recostarse. Al hacerlo, algunas pequeñas flores moradas cayeron al suelo, llegando hasta la mejilla del muchacho y provocándole ligeras cosquillas, sin interrumpir su sueño.
—Qué día tan apacible y efímero —pensó el árbol.
Entonces extendió un poco más cada una de sus ramas y hojas para hacer la sombra aún más confortable para sus huéspedes, quienes, en un día tan hermoso, decidieron detener el tiempo por un instante.
D.HA. Que tus días se vean como la luz de tu alma.
Martín Vargas
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